Las cosas son azules, las personas son rosas (dicen algunos sicólogos)

El otro día hablé con un amigo. Estaba un tanto preocupado por lo que cuento a continuación. Trabaja en un lugar que organiza conferencias, seminarios, etc. y frecuentemente suben los vídeos a Youtube. Al examinar el perfil demográfico de los yutuvidentes advertía con desazón que entre los de los vídeos de unas charlas de tecnología muy friquis apenas había un 10% de mujeres.

El autor de un blog que sigo también está preocupado. El hombre lidera (no sé cómo de formalmente) una comunidad de racionalistas (aunque yo los catalogaría más bien como empiristas). Escribe sobre temas… imaginaos cuáles serán si me interesan a mí. Y el motivo de su preocupación no es tanto, sospecho, la escasa presencia de mujeres en la antedicha comunidad sino la posibilidad de que lo puedan acusar de lo habitual. Es decir, tener una actitud discriminadora, hostil o menospreciante.

Pero ni mi amigo ni este bloguero, doy fe con poco temor a errar, son de esa cuerda.

El bloguero, que para eso es empiricista disfrazado de racionalista, observa (razona) casos similares a los siguientes:

  • Si vas a una parroquia, mezquita o templo de alguna de esas religiones que dizque discriminan a las mujeres, las encuentras por doquier.
  • Si miras quién votó al macho alfa que cuentan es Trump, encuentras porcentajes de mujeres no muy diferentes del de hombres.
  • Si vas a un concierto de Malumba, que, me han dicho (¡y espero que no me hayan engañado!), no tiene a Lidia Falcón de letrista, tropezarás con bastante más mujeres (también me lo han dicho) que en un foro de Arduino.
  • ¿Etc.?

El argumento de que las mujeres dejan de acudir a donde se las menosprecia, votar a quien las las cosifica o bailar despreocupadamente canciones de quien las humilla (verbalmente) hace aguas; no es suficiente, en resumen, para que emerja la desigualdad.

¿Pero es necesario? El que se evidencie desigualdad, ¿prueba la existencia de un sustrato machista? ¿O hay algo en el temperamento (innato) o carácter (aprendido) de hombres y mujeres (vistos en términos estadísticos) del que emanan desequilibrios numéricos? De haberlo, al menos, aliviaría la conciencia tanto de mi amigo como del bloguero y este parece encontrarlo en la evidencia empírica proporcionada por el autor de Gender Differences in Personality and Interests: When, Where, and Why?

El artículo se pregunta por las diferencias en personalidad e intereses entre los sexos y su estabilidad entre épocas y culturas. Para ello resume resultados de varios estudios que comparan tanto los resultados del modelo de los cinco grandes [rasgos de la personalidad] como otro adicional que mide la posición en el eje gente-cosas. Y así, mientras que en los primeros las diferencias son pequeñas, en el último son muy notables, grandes hasta el límite de la sospecha. Ese eje mide el interés por los asuntos que tienen que ver con personas (vidas, vicisitudes, logros, anécdotas) en contraposición con los que tienen que ver con cosas (aeromodelismo, programación, electrónica).

El artículo es esencialmente una tabla con números. Pero números que se sostienen de pie de someterlos a los criterios de mentira más inmediatos. No obstante, la tabla está rodeada de multitud de palabras, tanto por delante como por detrás, que abordan, entre otras cosas, la visión personal del autor con respecto a las preguntas que alguno de mis lectores se formulará en relación del aburridor debate alrededor de la naturaleza, sea innata o aprendida, de las causas. Invito al interesado a leerlas por sí mismo y, de no conformarse con ellas, siga con las referencias e itere si le viene a bien hasta convertirse en quien más sepa del asunto en el mundo.

En resumen, que frente a p-valores pequeños de vuestros prop.test, pensad que hay formulaciones causales distintas, alternativas y, como casi siempre ocurre, no necesariamente puras. Y que solo una de ellas es la que da de comer a la monotemática de Barbijaputa.

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