Sobre el llamado «efecto Roseto»

Escribí ya hace tiempo (aquí)

Relata lo ocurrido en un pueblo inglés en el que una noche, unos vecinos (presuntamente), descendientes sin duda de aquellos campesinos búlgaros que huían de la vacuna, echaron abajo una antena de telefonía móvil que tenía al pueblo en vilo (la historia, aquí). Porque, resulta, alrededor de ella se habían dado recientemente n casos de cáncer: aquello era un clúster de cáncer. Y puestos a buscar culpables, ¿por qué no el electromagnetismo?

En la entrada se desarrolla el asunto. Pero es obvio que:

  • Si un fenómeno se distribuye más o menos al azar sobre un territorio pueden aparecer (y, de hecho, es muy improbable que no aparezcan) lugares pequeños con una proporción o inesperadamente alta o inesperadamente baja de casos.
  • Si quieres estudiar una relación con respecto a cualquier posible causa potencial (tal vez, al estilo de John Snow en la afamada epidemia de Londres), deberías realizar un estudio de zonas donde se dé la causa con zonas donde no. No se puede razonar alrededor de un caso.

Pero ahora tropiezo con otro ejemplo egregio de una relación causal casi seguro espuria: el llamado efecto Roseto. Es el mismo caso de la antena, salvo que, esta vez:

  • El efecto es positivo: menos accidentes cardiovasculares.
  • La causa es distinta: relaciones sociales más estrechas entre la población del municipio.

¿Por qué desempolvo precisamente ahora esta cuestión? Por culpa de un parrafito que extraigo de un libro que estoy leyendo (y sobre el que, sin duda, volveré), donde dice:

Hay una historia que contamos todos los profesores de introducción a la sociología del mundo en nuestra primera clase. Con independencia de su exactitud histórica —sospecho que discutible— se ha convertido en las Termópilas de las ciencias sociales, una fábula heroica acerca de la fuerza oculta de nuestros saberes. La historia comienza en Estados Unidos, a principios de los años sesenta del siglo pasado, en plena epidemia de infartos, cuando todo el mundo fumaba y bebía y comía grasas saturadas como si no hubiera mañana, un poco como en un episodio de Mad Men . Fue entonces cuando se descubrió que en una pequeña ciudad del estado de Pennsylvania llamada Roseto la incidencia de las enfermedades cardíacas era significativamente menor que en el resto del país. La ciudad había sido fundada en el siglo XIX por inmigrantes italianos procedentes de un pueblo muy pobre de los Apeninos que, como era habitual en esa época, habían creado en su país de acogida una comunidad étnicamente homogénea y cerrada al exterior. Los médicos que estudiaron Roseto detectaron que las personas mayores de sesenta y cinco años sufrían la mitad de problemas cardíacos que la media norteamericana y, en general, la tasa de mortalidad era un 35 % menor que en el resto del país, con una incidencia casi marginal de problemas sociales como el suicidio o el alcoholismo.

Para intentar encontrar la razón de esa anomalía estadística primero se descartó que los rosetinos siguieran una dieta más saludable o realizaran más ejercicio que el resto de los estadounidenses. A continuación, los investigadores se centraron en posibles causas genéticas o ambientales. Comprobaron que, por un lado, los rosetinos que se mudaban a otras ciudades tenían la misma esperanza de vida que el resto del país y, por otro, los habitantes de poblaciones vecinas no mostraban ninguna desviación estadística en su salud: ni los rosetinos tenían condiciones físicas innatas privilegiadas ni la región era particularmente salutífera. El factor diferencial que explicaba la longevidad en Roseto parecía ser la cohesión social de la comunidad. Roseto se caracterizaba por su animadísima vida vecinal, organizada tanto en numerosas asociaciones como en prácticas informales. Además, era habitual que familias extensas convivieran y, como ocurre en muchas comunidades tradicionales, dominaban los valores igualitaristas que desalentaban la ostentación de riqueza.

El caso de Roseto es muy conocido porque mostró empíricamente el modo en que los vínculos sociales crean una especie de red de seguridad que afecta poderosamente a nuestra salud física y mental.

Existen artículos, como este, que entiendo que comparan a toro pasado el outlier con el control y llegan a la conclusión de que, efectivamente, el outlier es un outlier, como no podría ser de otra manera. Por lo tanto, lo único que aportan al conocimiento es una señal sobre lo corto de los alcances metodológicos de los autores, pero nada sobre el objeto de su estudio.

Un tal Feyerabend dijo una vez que en ciencia anything goes, todo vale. Igual estaba de coña, pero es evidente que hay gente que se lo ha tomado absolutamente al pie de la letra.

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