Liquidez y solvencia

El bombardeo matinal de noticias a que nos tiene acustumbrada la prensa en los últimos tiempos debería tener el efecto secundario positivo de acrecentar nuestra cultura financiera. Pero no estoy seguro de que sea así.

Uno de los grandes temas que me da la impresión que confunde todavía al público es la diferencia entre liquidez y solvencia.

Yo soy un tipo eminentemente ilíquido: muchos días me enfrento al siguiente problema: aunque pueda permitirme innumerables cafés a razón de 35 céntimos, en ese momento crítico, delante de la máquina expendedora, nunca encuentro la calderilla necesaria.

Ilíquidos pero solventes, como yo, cuentan a Italia, por ejemplo. Seguramente Cataluña esté en una situación similar. Puede parecer un problema menor, pero no cuando tienes que renunciar a la dosis de cafeína. O a la misma existencia, como le pasó a Dexia: Dexia era un banco solvente (y, de hecho, pasó con éxito las pruebas de estrés, que medían la solvencia de las entidades) pero ilíquido: corría el riesgo de no tener billetes con que alimentar sus cajeros a pesar de que su cartera de préstamos era sólida.

Otra cosa es que uno no sea capaz de hacer frente a sus deudas, como le pasa a Grecia. El problema es muy otro. Y también las soluciones. Muchos de quienes solicitaron hipotecas resultaron ser igualmente insolventes.

Liquidez y solvencia son dos problemas eminentemente prospectivos: dependen muy mucho de la situación que se dé mañana, de su estimación y su variabilidad esperada. Quien haya visto Margin Call, habrá oído mencionar el VAR, que no es otra cosa que un cuantil de la distribución del valor futuro (y por tanto, sujeto a incertidumbre) de la cartera del banco a la que se refiere.

La gestión prudente de la solvencia y la liquidez exige talento analítico. Y es un área en la que los estudiantes que lean estas páginas pueden muy bien pensar en aplicar un día sus conocimientos. Como en la película.