Más sobre el mito de la objetividad (especialmente, la «data-driven»)

Prometí escribir sobre

y, se conoce, ha llegado el día de hacerlo. Se trata en apariencia de un chiste matemático que, espero, capten todos los lectores de este blog en su sentido más llano.

Todas las facetas del gráfico muestran los mismos puntos. Se trata de una selección magistral de ellos. Tanto que alguien debería paquetizar sus coordenadas y publicarlos. Serían un nuevo iris. Dan, como se ve, mucho juego: cada uno de los ajustes parece razonable, tan bueno como cualquiera de esos que estamos sobradamente acostumbrados a ver en prensa, tanto generalista como especializada.

But really what I like about Munroe’s cartoon above is not the topical relevance to some stupid thing that some powerful person happens to be doing, but rather the amazing range of curves that look like reasonable fits to the exact same data points!

A. Gelman

Pero más allá de todo lo anterior, el chiste es una burla de las pretensiones de objetividad científica y de docilidad a los datos de la que tantos hacen gala. El estudio de la naturaleza produce conjuntos de datos; son los puntos de esas facetas. Lo que se llama ciencia es un ejercicio de interpolación y extrapolación, un unir y proyectar tan problemático, social, ideológico, pragmático y circunstancial como evidencia el chiste. Todas esas interpretaciones son (o parecen), además, tan razonables como observa Gelman de los ajustes de las curvas.

Ideología (o adscripción a una escuela, o…) es simplemente ese eso que te hace adivinar (correcta o incorrectamente) los resultados de los que da cuenta la segunda mitad de un abstract cuando apenas vas por la primera. Es curva de ajuste —roja en el chiste— que lleva uno consigo, de manera que la tendencia seguirá siendo exponencial, o de incrementos decrecientes, o… sea lo que sea, porque uno simplemente interpola.

La pretensión de objetividad, de neutralidad ideológica, de, como se dice ahora, ser puramente data-driven, es, en el fondo tan ñoña que conmueve primero y luego apenas deja un regusto a condescendencia.