Una revisita a «El arte funcional»

Hace casi precisamente un año escribí sobre El Arte Funcional, un libro muy recomendable de Alberto Cairo.

Hice una crítica sobre una de las secciones del libro:

La sección dedicada a la cognición transita desde la morfología y fisiología del ojo (y del cerebro) hasta cuestiones sicológicas relativas a la percepción. Al final, las formas y colores de los gráficos son alimento estos órganos que, aunque de una asombrosa capacidad, incurren en ocasiones en errores de bulto. El que cierto tipo de representaciones gráficas (como estas) engañen al ojo no se debe a que los datos subyacentes mientan ladinamente. Se debe a que la combinación de formas y colores confunde al cerebro por causas que solo cabe buscar dentro de él.

Al final, si unas determinadas combinaciones de colores funcionan o dejan de hacerlo, si los datos se leen correctamente si se los representa como longitudes, áreas o volúmenes, depende de las peculiaridades del proceso de cognición. Y por eso acierta Cairo en estudiarlo con detalle.

Pero no acaba de extraerle todo el jugo a esta sección. Un planteamiento más próximo a la obra de de D. Kahneman y A. Tversky que nos advirtiese de los peligros perceptuales más gruesos y nos diese recomendaciones para sortearlos habría cerrado la sección con gloria.

Menciono en la crítica a Kahneman y Tversky y, en particular, en su relación con los sesgos cognitivos. Al fin y al cabo, un infografista (y, en general, todo aquel que utiliza gráficos para ilustrar y explicar información de corte cuantitivo) debe tener en cuenta que esos sesgos existen y cómo debería actuar para evitarlos (¡o cómo aprovecharse de ellos para llevar el agua al molino de quien le paga!).

Pero ahora que voy sacando tiempo para adentrarme en la lectura de Pensar rápido, pensar despacio de Kahneman, creo que esta es la obra (o una de las obras, dirán los profesionales de la materia) que recoge las ideas en que pienso que debería basarse una obra que trate lo que ocurre entre un papel con trazos y colores y esa cosa que llamamos conciencia.

En efecto, muchas de esas categorías que enumera Cairo (originalidad vs. familiaridad, novedad vs. redundancia, etc.) no son sino mecanismos para activar o desactivar los sistemas 1 y 2 (véase esto para saber qué son).

Una lectura en paralelo de ambos libros convierte el de Cairo en una fuente de hipótesis sugerentes que hacen referencia directa a aspectos del de Kahneman. El segundo elabora sobre experimentos (esos experimentos que tanto gustan a los sicólogos de la conducta); el primero no deja de contener opiniones y consejos (bien que fundados en la experiencia de un experto) pero a los que, pienso, falta una buena dosis de soporte experimental.