El precio de la desigualdad (i.e., el bosón de Higgs y fracciones)

Esta semana me he enterado (con un mes de retraso, ¡qué vergüenza!) de que Stiglitz ha publicado un nuevo libro: El precio de la desigualdad. Se ve que en él argumenta el nóbel cómo esta no solo es mala para la economía sino que también afecta a la democracia.

Se refiere, por si alguien no se había dado cuenta todavía, a la desigualdad económica… pero…

— Buenos días, señor mileurista.
— Buenos días tenga Vd.
— ¿Le apetecería un incremento de su sueldo en un 15 %? ¿Una bajada del IVA, tal vez?
— ¡Venga!
— Y qué prefiere, un 50 % más de café gratis o un descuento del 40 % en el precio del paquete de a kilo?
— ¡Me decanto por lo primero!
— Pero, ¡señor mío!, la primera opción equivale a un descuento de un 33 % en el precio… ¡y le ofrecía un 40%! ¿No querrá recibir (y gratis, además) rudimentos sobre fracciones?
— Pues va a ser que no.

Como nuestro mileurista huye, retomo el discurso para añadir cómo me resulta curioso que coexistan democracia y desigualdad económica. La desigualdad económica existe porque —incluso, consiste en que— más de la mitad de la población se ve privada de algo que considera deseable: tener más recursos económicos, vivir más desahogadamente. Podría un marciano inteligente pensar que los terrícolas solo se avendrían a padecerla bajo regímenes dictatoriales, pero jamás si los gobiernos pudieran ser desalojados en elecciones en que cada persona contase con un voto. Pobres los marcianos inteligentes: ¡no se enteran de nada!

Pero si la desigualdad económica (y lo dice un nóbel), es mala para la economía sino que también afecta a la democracia, existe otra que es peor aún tanto para lo uno como para lo otro: la desigualdad intelectual, la desigualdad de conocimiento. Y a diferencia de la desigualdad económica, tan indeseada por nuestro mileurista de esa manera suya un tanto burda y primaria, esta se asume con la mayor de las naturalidades y sin que a nadie se le ponga la cara roja.

Esta semana, mientras la prensa nacional e internacional, recogía con insuitada fanfarria (porque guardo el recorte de la noticia del ABC sobre la demostración de Wiles del último teorema de Fermat y es una nota minúscula de papel ya amarillo) lo del bosón de Higgs, me hacía yo eco de cómo la gente no sabe realizar operaciones básicas con fracciones y de qué manera pueden los supermercados y fabricantes de productos aprovecharse de ello para extraerles los cuartos. Y sin un mal retuiteo de mis pocos lectores.

Pero si los hay y si son perspicaces —que, casi seguro, lo son—, se darán cuenta de que algo anda mal, que algo chirría cuando unos cuantos locos en Ginebra son capaces de probar la existencia de los componentes de los componentes de los componentes de los componentes de la materia palpable y conocida mientras los más no sabemos completar una cuenta trivial.

3 comentarios sobre “El precio de la desigualdad (i.e., el bosón de Higgs y fracciones)

  1. Daniel Lopez Arniustory 6 julio, 2012 14:54

    Sobre el ejemplo de la partícula de Higgs, está claro que el común de los mortales no puede permitirse el construir un acelerador de partículas de varios miles de millones de euros.

    Afortunadamente, el hallazgo de la partícula de Higgs permite justificar ante la opinión pública ese gasto enorme y evitar un “invierno de la física”, aunque resulta curioso que Higgs hiciese los cálculos y la teoría con lápiz y papel, y hayan sido necesarios tantos recursos para probarlo.

    Tal vez el día antes de una catástrofe financiera mundial alguien justifique el gasto en una enorme red mundial de superordenadores para calcular el siguiente número primo, mientras que el paleto de turno se preguntará por qué no se han utilizado parte de los recursos disponibles en soluciones los graves problemas que nos afligen (a unos más que a otros).

  2. datanalytics 6 julio, 2012 15:05

    @Daniel Lopez Arniustory Bueno, el común de los mortales tampoco puede permitirse una noche en el Ritz. Lo malo es que el común de los mortales piensa que puede permitirse no saber de fracciones o tener conocimientos estadísticos básicos.

    Estoy rodeado de mortales comunes con conocimientos tan rudimentarios de disciplinas básicas que… así anda nuestra productividad.

    Lo del gasto es otra cuestión y su justificación, también. Supongo que en física fundamental también rige el principio de los incrementos decrecientes y que algún economista debería echar un ojo algún día para ver si la inversión justifica el resultado. No vaya a ser que comencemos a coleccionar partículas subatómicas sin interés práctico alguno igual que aeropuertos sin tráfico.

    No obstante, ¡me niego a creer a cierraojos –por más que me insistan– que la inversión en ciencia fundamental está necesaria e incuestionablemente autojustificada y que en aras de contemplación querúbica del bien, la bondad y la belleza se detraigan unos cuantos euros cada trimestre de mi cuenta bancaria!

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